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El hilo blanco

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Fabián caminaba cabizbajo por el parque una tarde nublada y con viento. Al cabo de un rato miro en la banqueta un hilo blanco tirado que se extendía a lo largo de la calle como un río que serpenteaba hacia el horizonte.  Tomó la punta rota del hilo y comenzó a jalar. Recogió un buen tramo de hilo enrollándolo en su mano pero el hilo se extendía a lo lejos pareciendo no tener fin. 

Vivía en un tercer piso y su ventana daba al parque, pensó que si jalaba el hilo desde la ahi, podria darse una idea de hasta dónde llegaba. Movido por la curiosidad se las ingenio y desde la ventana lo estiro hasta que el río serpenteante desapareció y se transformó en una línea recta y larga como una gran antena que apunta al horizonte. 

Vino a su memoria la veces que en su niñez se comunicaba con otros usando un par de vasos y un hilo unidos para hacer las veces de teléfono. Decidió probar. Limpio una lata vieja y la ató al extremo del hilo blanco pasándola por un orificio que había hecho en la base con un clavo. 

Cuando todo estuvo listo hizo la primera prueba. Tiro un poco del hilo a manera de señal de inicio y mientras acercaba su boca a la lata comenzó diciendo: -Hola mi nombre es Fabián, tengo 36 años y soy Acuario-. Acerco ahora el oído esperando alguna respuesta pero no escucho nada.

Alzó nuevamente la mirada para ver hasta dónde llegaba el hilo cuando escucho una voz que decía: – Hola Fabian, yo me llamo Ana, tengo 38 años, soy sagitario, me gustan los gatos y el café de olla-. Emocionado con la respuesta solo atino a decir. – Hola Ana mucho gusto. Yo soy alérgico a los gatos, me gusta la cerveza oscura y caminar por el parque cuando hace viento-.

Ese día se quedó toda la tarde en su ventana charlando con Ana y la conversación fluyó tan bien que acercó una silla para estar más cómodo. Pasó esa tarde y luego la siguiente y después la siguiente de la siguiente y así. Continuaron varios días, en lo que parecía una charla eterna y larga como el hilo que los comunicaba. 

Disfrutaba poder expresarse sin pena o miedo. Se habían contado chistes bobos e incluso revelado algunos secretos oscuros de su pasado. Intercambiaron muchas preguntas y más respuestas, anécdotas e historias desde las penosas y vergonzosas hasta las alegres y joviales. 

Fabián se sentía tan bien que ya no paseaba cabizbajo por el parque los días de viento cuando se estaba triste. Se preguntaba cómo podría conocerla, pero si al conocerla todo eso cambiaria. Si todas las charlas y comentarios filosóficos dejarían su brillo por el hecho de su presencia física. Si las risas y los disparates se vendrían a menos. Pasó una mala noche pensando es eso. 

Un día salió por la mañana a su trabajo e hizo todo con entusiasmo y determinación por que por fín estaba decidido que, al regreso, tomaría esa lata que tantas risas le había traído a través de ese hilo blanco tan largo como su renovada emoción e invitaria a Ana a salir para por fin conocerse. 

Resguardado en un paradero de buses a unas cuadras de su casa, por causa de una tormenta de aquellas, Fabian miro a con impotencia que el hilo blanco ya no estaba. Escampo, entró a su casa y se acercó a su ventana, solo para confirmar con tristeza que el hilo roto estaba a causa de la tormenta. Solo un pedazo corto del hilo comunicante colgaba pegado a la lata. Y a lo lejos ningún rastro del otro extremo de la línea conductora a su confidente. 

Volvieron los días de caminar cabizbajo y meditabundo, se sentía incómodo y algo decepcionado. A veces miraba la lata y se reprochaba por que no había atinado antes a invitar a Ana a conocerse. Y los días se hicieron semanas y pasó la temporada de viento y lluvia. 

Su paseo habitual era tomar a la derecha al salir de su casa hacia el parque, pero por alguna razón desconocida ese ese día sin viento y soleado, se sintió más aliviado por lo acontecido, incluso agradecido y quiso dar vuelta hacia el otro lado. Confiado en su andar, luego de dos o tres cuadras, con la cabeza en lo alto miró la rama de un árbol y encontró un hilo rojo…

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